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Los Orígenes
Para comprender al Islam se deben
comprender las duras circunstancias que rodearon su nacimiento. La
Península Arábiga en tiempos de Mahoma (antes de 570 DC) era una región
inhóspita y desolada que por el día sufría un sol abrasador y un calor opresivo,
y por la noche un frío escalofriante. El crecimiento vegetativo era muy
pequeño y los habitantes nómadas vivían entre rocas serradas y dunas de fina
arena.
Mientras Europa y gran parte de
Oriente Medio se encontraban en plena transición entre los imperios romano y
bizantino, disfrutando de carreteras, canales de irrigación, acueductos, y una
cultura que incluía la disquisición filosófica y el teatro, los árabes vivían
vidas cortas y brutales agrupados en tribus belicosas y tenían muy poco que
ofrecer al resto del mundo más allá de su propia existencia austera.
Esto explica la inherente hostilidad que muestra el Corán a la música y el arte.
Hostilidad que ciertos extremistas, como los talibanes, se han tomado
literalmente. Esta religión que no anima a la búsqueda del conocimiento
fuera de ella misma ha sido descrita en ocasiones como “la religión que no ha
producido nada sino religión”.
Un clima nada hospitalario protegió a la Península Arábiga de las conquistas y
la influencia cultural, aunque los persas lograron imponer un lenguaje escrito a
lo largo de las franjas costeras que será el origen del árabe. Ningún
ejército extranjero consideró que mereciese le pena arrebatarles un puñado de
ovejas y cabras a estos guerreros del desierto, de modo que el área se mantuvo
notablemente aislada. Los árabes se perdieron el renacer del conocimiento
que el resto del mundo había estado experimentando desde que resurgió la cultura
griega, ya que dedicaban todas sus energías a la lucha diaria por la
supervivencia contra otras tribus y con el despiadado entorno.
Para este pueblo la moralidad la dictaba únicamente la necesidad, y las
obligaciones no se extendían fuera de los límites de la propia tribu. Ésta
es una de las bases fundamentales de la actitud islámica hacia los no musulmanes,
incluyendo el principio moral por el cual la ética de cualquier acto la
determina únicamente si éste beneficia o no a los musulmanes.
En Arabia existían tradiciones paganas, particularmente entre los habitantes de
centros comerciales tales como La Meca y Medina. La Kaaba, la estructura cúbica
de La Meca que guarda una roca negra, era adorada por ciertas tribus mediante un
ritual de circunvalación que fue posteriormente adoptado por los seguidores de
Mahoma. Igualmente Alá era el nombre que se le había dado al dios-luna muchos
siglos antes de los tiempos de Mahoma.
Mahoma crearía el Islam basándose en estas rudas prácticas paganas, así como en
elementos teológicos básicos del Cristianismo y el Judaísmo, siempre de acuerdo
a su propia (y a menudo imprecisa) comprensión de los mismos. Su errónea
interpretación del Cristianismo, por ejemplo, se atribuye frecuentemente a una
experiencia temprana con cultos heterodoxos y marginales de la región de
Palestina.
Los Primeros Años en La Meca
Mahoma nació en La Meca alrededor del
570 DC. Creció como un
huérfano pobre en los márgenes de una sociedad controlada por jefes tribales y
mercaderes. Trabajó para su tío como camellero. Aunque su tío disfrutaba
de una cierta posición en la comunidad, Mahoma no ascendió en la escala social
hasta los 25 años, cuando conoció a una viuda rica 15 años mayor que él y se
casó con ella.
Tras haber conseguido una vida cómoda y el tiempo ocioso que proporciona la
riqueza, Mahoma comenzaría a retirarse de vez en cuando para pasar períodos de
meditación y contemplación. Un día, con unos cuarenta años de edad, le
contó a su mujer que había sido visitado por el Arcángel San Gabriel. Así
comenzó una serie de revelaciones que durarían hasta su muerte. El Corán
se basa en las tradiciones orales de estas revelaciones. Los Hadices son
unas colecciones de narraciones y hechos de la vida de Mahoma. La Suna es
su supuesto modo de vida.
Con la influencia y el apoyo de su mujer, Mahoma comenzó a intentar
convertir a los que lo rodeaban a su nueva religión –una amalgama de teología
judeo-cristiana y tradiciones paganas que creció en
complejidad con el paso del tiempo. Al principio hizo todo lo que pudo
para alcanzar un compromiso entre sus enseñanzas y las creencias dominantes de
los ancianos de la comunidad, como por ejemplo combinar y reunir sus trescientos
ídolos bajo el nombre de “Alá”. Sin embargo esto no fue suficiente para evitar
la animadversión de los jefes más influyentes de La Meca, que se burlaron de él
señalando sus orígenes humildes en contraste con sus pretenciosas afirmaciones
de ser un profeta.
Al principio Mahoma sólo tuvo éxito con sus amigos y parientes. Después de trece
años, el “predicador callejero” sólo podía jactarse de haber conseguido unos 70
seguidores, que eran llamados los Musulmanes (sumisos).
Las relaciones con los habitantes de La Meca se volvieron especialmente agrias
tras un episodio conocido como el de “los versos satánicos”. En éste, Mahoma se
avino a reconocer a los dioses locales junto con Alá, lo que encantó a las
gentes de La Meca que generosamente dieron la bienvenida a su nueva postura. Sin
embargo Mahoma cambió pronto de parecer tras comprobar que su propia gente
comenzaba a perder su fe en él. Alegó que Satán había hablado a través de su
cuerpo y retiró su reconocimiento a los dioses de La Meca.
Los habitantes locales intensificaron entonces sus burlas hacia los
musulmanes haciéndoles la vida imposible. Aunque hoy en día los
mahometanos utilizan a menudo la palabra “persecución” para describir este
calvario (de forma justificada, en ciertos casos) es importante hacer notar que
ningún habitante de La Meca mató jamás a un musulmán durante este período, lo
que es una fuente de vergüenza para los musulmanes dado que Mahoma fue el
primero en emplear la fuerza letal… y en un período posterior, cuando era
innecesario.
En consecuencia, las narraciones que pretenden ser comprensivas para con los
sucesos de los primeros años en La Meca, suelen exagerar la lucha de los
musulmanes con afirmaciones tales como que se encontraban “bajo una constante
tortura”. Eso es en cualquier caso muy poco probable dado que la única musulmana
que murió fue una anciana que “cayó prematuramente” a causa del estrés, no por
una tortura física (la propia hija de Mahoma moriría de un modo similar por el
acoso de los propios musulmanes poco después de la muerte de éste).
Los narradores y cineastas modernos (como los responsables de la cinta de 1976
The Message –en España Mahoma el Mensajero de Dios) son conocidos por inventarse
asesinatos ficticios de musulmanes en La Meca, ya sea para dramatizar su propia
fábula o para dar una justificación a lo que siguió a continuación. Sin embargo
la verdad es que el único musulmán cuya vida estuvo realmente en peligro fue
Mahoma –y tan sólo después de trece años de predicar contra la religión
dominante.
Mahoma huyó finalmente de La Meca a Medina en 622, un viaje conocido como la
Héjira. Su pequeño grupo de seguidores se desplazó con él.
Medina y el Origen de la Yijad (Guerra
Santa)
Resentido por el rechazo de su propia
ciudad y de su tribu, fue en Medina donde el mensaje de
Mahoma comenzó a hacerse más intolerante y despiadado
–particularmente en la medida en que aumentaba su fuerza.
Para financiar sus esfuerzos por alcanzar el poder, Mahoma envió a sus
seguidores a asaltar caravanas de La Meca durante los meses sagrados, cuando
menos podrían esperarlo las víctimas. Recibió unas muy convenientes revelaciones
que permitían a su gente asesinar y robar a caravaneros inocentes si era para
servirle a él. Como consecuencia, los que lo rodeaban fueron desarrollando
gradualmente su codicia por los bienes que podían obtenerse como botín de guerra,
incluyendo comodidades materiales y mujeres y niños esclavos.
A menudo los cautivos capturados tras la batalla serían conducidos
ante el auto-proclamado profeta, en cuya presencia suplicarían por sus vidas
arguyendo, por ejemplo, que nunca habían tratado a los musulmanes del modo del
que se les acusaba. Los Hadices son muy claros en este punto y presentan a un
Mahoma inconmovible por las súplicas que ordena sus muertes de igual manera,
frecuentemente mediante horribles métodos. En una ocasión ordena el asesinato de
un hombre mientras le dice que “el fuego del infierno” será el que se encargue
de su hija huérfana.
Los ataques contra las caravanas precedieron a la primera gran batalla en la que
tomó parte un ejército musulmán, la Batalla de Badr. Los mecanos habían enviado
su ejército a este lugar para proteger sus caravanas de los merodeadores
musulmanes. Aunque los sumisos de hoy gustan de afirmar que atacaron tan sólo en
defensa propia, resulta evidente que las cosas no ocurrieron de ese modo en
aquel entonces. De hecho, Mahoma se vio obligado a espolear a sus reticentes
guerreros con la promesa del Paraíso y dándoles garantías de que su religión era
más importante que las vidas de los demás.
La Consolidación del Poder
Mahoma derrotó al ejército de La Meca
en Badr, lo que lo envalentonó
para dividir y conquistar a las tres tribus judías de Medina, que habían
cometido el error de aceptar su presencia aunque rechazando su carácter de
profeta. Éstas tribus eran los Banu Qaynuqa, los Banu Nadir y los Banu Quyrayza.
El modo en que cada tribu halló su destino
resulta muy ilustrativo para comprender el funcionamiento de la mentalidad
musulmana en sus relaciones con los no musulmanes.
Para intentar ganar su apoyo, Mahoma predicó por un breve espacio de tiempo que
cristianos y judíos podrían alcanzar la salvación a
través de su propia fe. De hecho, cambió la dirección de rezo de sus seguidores
de La Meca a Jerusalén, lo que apuntaló la tolerancia de los judíos hacia
su persona mientras trabajaba subrepticiamente para hacerse con el poder que le
permitiera dominarlos. Con posterioridad, y dado que los judíos finalmente
rechazaron su religión, revocó estas concesiones y enseñanzas iniciales. Los
pocos versículos tempraneros que en el Corán hablan de tolerancia son abrogados
por versos posteriores tales como el 9:29.
Los Qaynuqa fueron expulsados de sus hogares y de su tierra con el
pretexto de que uno de los suyos había acosado a una mujer musulmana.
Previamente el ofensor había muerto a manos de un musulmán, aunque este mismo
musulmán sería asesinado posteriormente por los judíos en represalia por la
primera muerte. Después de cercar a la comunidad entera y derrotar a esta tribu,
Mahoma quiso dar muerte a todos sus miembros varones, pero fue disuadido por un
compañero –algo que después le sería “reprochado” por Alá. Los Qaynuqa fueron
forzados a exiliarse y los musulmanes se hicieron con sus bienes y posesiones,
apropiándoselas. Mahoma se reservó para sí un quinto de todo lo robado.
Este episodio ayudó a enraizar dentro del Islam el inmaduro principio
de la identidad de grupo, mediante el cual cualquier miembro de una
religión o unidad social externa al Islam es tan culpable como aquel de sus
compañeros que personalmente insulte o dañe a un musulmán –y tan merecedor de
castigo como él. Y los castigos de Mahoma habitualmente no eran proporcionales
al crimen cometido.
Los miembros de la segunda tribu, los Banu Nadir, fueron acusados de planear la
muerte de Mahoma a pesar de que nadie perdió la vida en el asunto. Con esta
excusa cercó su comunidad obligándolos a rendirse. Al igual que los Qaynuqa,
estos medinenses autóctonos fueron expulsados de sus hogares y tierras por los
advenedizos musulmanes, quienes retuvieron para sí todo cuanto pudieron.
Sirva lo siguiente como ejemplo definitivo de cuál es la
consideración del engaño dentro del Islam: un contingente superviviente de los
Banu Nadir (dirigidos por Usayr ibn Zarim) fue engañado para dejar su fortaleza
con la promesa de unas conversaciones de paz. Sin embargo el contingente de
musulmanes enviado por Mahoma para escoltarlos los masacró con facilidad una vez
las víctimas habían bajado la guardia.
La Masacre de los Qurayza
Para la época en que los Banu Qurayza
encontraron su destino, Mahoma era rico y poderoso como resultado de su derrota
de las otras dos tribus.
Los judíos de los Banu Qurayza probaron la cólera de Mahoma después de que una
parte de los mismos apoyara, no con mucho entusiasmo, a los ejércitos de La Meca
durante el sitio de Medina (la Batalla de la Zanja). Presumiblemente los que
adoptaron esta postura estaban intentando evitar los designios que Mahoma
albergaba en su contra tras haber visto lo que había hecho al resto de judíos.
Aunque posteriormente se rindieron de forma pacífica a los musulmanes, Mahoma
determinó que todos los hombres de la tribu debían ser ejecutados junto con cada
chico que hubiera alcanzado las primeras fases de la pubertad (entre los doce y
catorce años). Hizo que se cavara una fosa en las afueras de la ciudad y que las
víctimas fueran llevadas allí en varios grupos. A cada uno se lo obligó a
arrodillarse para después ser decapitado y arrojado a la zanja junto con su
cabeza.
Entre 700 y 900 hombres y niños fueron masacrados por los musulmanes tras
haberse rendido.
Los niños supervivientes se transformaron en siervos de los
musulmanes, y las viudas en esclavas sexuales de los asesinos de sus maridos.
Incluida una chica judía, Reihana, que se convirtió en una de las concubinas
personales de Mahoma la misma noche que su marido fue asesinado. Aparentemente
el Profeta del Islam “disfrutó de sus encantos” (esto es, la violó) mientras la
ejecución de su pueblo estaba teniendo lugar.
Las mujeres eran en gran medida como cualquier otra posesión obtenida en una
batalla, y sus captores podían hacer con ellas cualquier cosa que les placiese.
Mahoma ordenó que una quinta parte las mismas le fueran reservadas a él, muchas
de las cuales se convirtieron en sus esclavas sexuales junto con sus doce
esposas. A algunas las repartió entre otros como una limosna.
En un determinado momento tras una batalla, Mahoma dio instrucciones acerca de
cómo debía violarse a las mujeres capturadas, explicándoles a sus hombres que no
debían preocuparse por practicar el coitus interruptus dado que “Alá ha escrito
quien va a ser creado”.
Siguiendo a la batalla contra los Hunain, en una época posterior de la
vida de Mahoma., sus hombres se mostraron reticentes a violar a las
mujeres capturadas delante de sus maridos (quienes al parecer seguían vivos para
ser testigos de esta abominación). Sin embargo, Alá fue al rescate otorgándole a
Mahoma una oportuna “revelación” que lo permitía. (Éste es el origen de la sura
4:24 según Abu Dawud 2150).
El Origen del Imperialismo Islámico
Las tribus que rodeaban a los
musulmanes comenzaron a convertirse al Islam buscando su supervivencia. Los que
no lo hicieron fueron progresivamente derrotados por las armas siguiendo un
patrón que se convirtió en el esquema para el establecimiento exitoso del Islam
como religión mundial. Típicamente la confianza del enemigo se ganaba mediante
medidas no intrusivas por las cuales los musulmanes se insertaban a sí mismos en
el seno de una comunidad extranjera, profesando respeto por las tradiciones
locales y sus estructuras políticas. Al comenzar a ganar poder, sin embargo,
dividían las lealtades y ejercían violencia para adquirir así la supremacía
local.
Las excusas para las campañas militares comenzaron a desaparecer hasta
prácticamente no existir en absoluto. Mahoma explicó a sus
seguidores que los musulmanes estaban destinados a dominar otros pueblos, lo que
aparentemente fue la fuerza impulsora que alentó la Yijad.
La demostración más contundente de lo anterior es la conquista brutal del pueblo
de Khaybar, una pacífica comunidad campesina que no estaba en guerra con los
musulmanes. A pesar de lo anterior, Mahoma marchó contra ellos cogiéndolos por
sorpresa y derrotándolos fácilmente. Mató a muchos de los hombres simplemente
por haber defendido su ciudad y esclavizó a las mujeres y los niños.
Mahoma sospechó entonces que el tesorero de la ciudad se guardaba algo, e hizo
que sus hombres torturaran bárbaramente al pobre tipo encendiendo una hoguera
sobre su pecho, hasta que finalmente éste reveló la localización del tesoro
escondido. Posteriormente, el Profeta del Islam lo decapitó y “se casó” con su
mujer el mismo día en que ésta se había convertido en viuda (primero la
obligaron a pasar por las manos de uno de sus lugartenientes). Dado que el padre
de la mujer también había sido asesinado por Mahoma no es muy exagerado decir
que el amor verdadero tuvo muy poco que ver con esta “boda”.
Una Vida de Hedonismo y Narcisismo
La vida personal de Mahoma se
convirtió en un cuadro de hedonismo y exceso, todo ello justificado por
frecuentes “revelaciones”.
Este hombre, que previamente había justificado a lo largo de su
carrera su condición de profeta diciendo que él “no buscaba recompensa” de otros,
cambió de discurso y comenzó a demandar un quinto de todo botín tomado a las
tribus conquistadas. De acuerdo a sus biógrafos desarrolló una importante
obesidad mientras vivía de su enorme parte de esos bienes tan mal adquiridos.
En un lapso de doce años se casó con once mujeres y se hizo con una auténtica
colección de esclavas sexuales. Cuando quería una mujer, incluso aunque fuera la
esposa de otro hombre, su propia nuera, o una niña de seis años, era capaz de
justificar su lujuria y la consumación obligatoria con una apelación a un deseo
revelado por Alá relacionado con su vida sexual –deseo que fue preservado en el
Corán, a partir de entonces y para siempre, con objeto de que fuera fielmente
memorizado por unas futuras generaciones para las que no tiene relevancia
posible.
(Seguramente para el musulmán sincero debe de ser una fuente de
vergüenza el que Alá tuviese, de forma tan evidente, más interés en la
vida sexual de Mahoma que en la tolerancia. También existen muchos más versos
que abogan por “combatir por la causa de Alá” que los que hablan de mostrar amor
por la gente. Asimismo Alá también anima a practicar el sexo con esclavos).
Mahoma también hizo ejecutar a sus críticos, incluyendo poetas. Una
de ellos fue una madre de cinco niños que fue apuñalada hasta la
muerte por un sicario de Mahoma tras serle arrancado de su pecho un bebé al que
amamantaba. Otros inocentes fueron asesinados simplemente porque eran de una
religión diferente.
El doble rasero del Islam, que hoy resulta tan reconocible, fue
sembrado por su Profeta durante su vida. Un ejemplo sería la muerte de Um Kirfa,
una mujer de mediana edad que tuvo la mala suerte de ser la tía de un caudillo
tribal que atacó una de las caravanas de Mahoma (de modo similar a como Mahoma
asaltaba otras).
Sin darse cuenta de la evidente ironía, Mahoma no se tomó muy bien el haber
sufrido lo mismo que él había estado haciendo a los no
musulmanes. Hizo que las piernas de la mujer fueran atadas separadamente a un
par de camellos para entonces lanzarlos en direcciones opuestas desgarrando el
cuerpo de la mujer en dos. También asesinó a sus dos jóvenes hijos –presumiblemente
de alguna forma horripilante.
Los musulmanes de hoy han heredado este legado de egoísmo e
indiferencia para con los que están fuera de la fe. Pueden estar de acuerdo o no
con los ataques terroristas contra los no musulmanes, pero están prácticamente
unidos en su creencia de que las víctimas no tienen derecho a contraatacar,
incluso aunque sea en defensa propia.
La Toma de La Meca
Aunque muchas de las tribus árabes y
judías fueron eliminadas y
absorbidas mediante la victoria militar y la conversión forzosa, la ciudad de La
Meca requería un tipo de estrategia diferente.
En 628, seis años después de su huida, se permitió a los seguidores
de Mahoma volver a entrar en la ciudad gracias a un acuerdo por el cual éste
prescindía de su título de “Profeta de Alá”. Se trataba
de una estratagema temporal que le permitió ganar un punto de apoyo político
dentro de la ciudad mediante las mismas actividades de “quinta columna” que
todavía hoy son empleadas por organizaciones como el Consejo de Relaciones
Islámico-Americanas (Council on American Islamic Relations o CAIR), que usan el
lenguaje de tolerancia religiosa de su anfitrión para disfrazar una agenda
ulterior. Una agenda que incluye la discriminación sistemática contra los no
musulmanes.
Que Mahoma hiciera concesiones a los mecanos decepcionó a muchos de sus
seguidores, que no comprendían que esto encajaba perfectamente con sus objetivos
finales de dominación. Fue durante esta época cuando condujo la campaña contra
los Khaybar para mitigar sus ansias de sangre y pillaje.
Técnicamente, Mahoma fue el primero en romper el tratado con los
mecanos cuando violó la parte que le impedía aceptar miembros de otra tribu
dentro de su campo. Aunque no tenía la obligación de hacerlo, el Profeta del
Islam obligó a la otra parte a ceñirse estrictamente a la letra de la ley,
particularmente después de que amasase un poder de conquista aplastante.
La excusa que finalmente empleó Mahoma para introducir sus ejércitos en La Meca
le vino dada cuando una tribu aliada de los mecanos realizó una incursión contra
una tribu aliada con los medinenses. A pesar de que un auténtico hombre de paz
habría considerado que su enemigo no quería la guerra, y habría usado medios no
violentos para resolver la tensión respetando su soberanía, Mahoma únicamente
quería poder y venganza.
Éste se convirtió en el patrón de la espectacular expansión del
Islam que siguió a la muerte de Mahoma. Los musulmanes conquistarían una región
y firmarían “tratados de paz” con sus nuevos vecinos. Entonces, y una vez que se
sintiesen confiados en su fuerza militar, buscarían una excusa para provocar un
conflicto y renovar la agresión.
Siguiendo a la rendición de La Meca, Mahoma hizo matar a aquellos que
previamente lo habían insultado. Una de las personas sentenciadas fue su
anterior amanuense, quien había escrito las revelaciones que Mahoma sostenía que
provenían de Alá. Este escriba había recomendado en el pasado hacer unos cambios
en el estilo que indicaba Mahoma (basándose en la mala gramática y en el
lenguaje tan poco elocuente que usaba Alá). El “profeta” se mostró de acuerdo,
provocando que el escriba apostatara dado que, en su opinión, unas revelaciones
reales deberían haber sido inmutables.
Aunque el amanuense escapó de la muerte “convirtiéndose al Islam”
a punta de espada, otros no tuvieron tanta suerte. Uno de ellos fue
una joven esclava que fue ejecutada por orden de Mahoma porque había escrito
canciones mofándose de él.
En lo que también se convertiría en el modelo para futuras conquistas
militares musulmanas, a aquellos mecanos que no se convirtieron al
Islam se les exigió que pagasen un impuesto (la jizya) y que aceptasen una
condición de ciudadanos de tercera clase. De forma nada sorprendente, casi toda
la ciudad –que previamente había rechazado su mensaje-“se convirtió”
inmediatamente al Islam una vez que Mahoma hubo regresado espada en mano.
Hasta el día de hoy no se permite a gente de otras religiones el
acceso a La Meca, la ciudad en la que Mahoma fue libre de predicar en
contradicción con la religión establecida. El Islam es mucho menos tolerante que
incluso las fes más primitivas a las que suplantó. Una persona que predicase el
politeísmo árabe original en las calles de La Meca de hoy sería rápidamente
ejecutada.
La Yijad y la Jizya
De forma elocuente Mahoma legó
algunos de los versos más violentos del Corán siguiendo a su ascensión al poder,
cuando no existía ninguna amenaza para los musulmanes. La novena sura del Corán
exhorta a los mahometanos a hacer la Guerra Santa (Yijad) y dominar a otras
religiones:
“Combate a aquellos que no creen en Alá, ni en el último día, ni prohiben lo
que Alá y Su Mensajero han prohibido, ni siguen la
religión de la verdad, salvo a aquellos que han recibido el Libro, hasta que
paguen el tributo en reconocimiento de [nuestra] superioridad y de que ellos se
encuentran en un estado de sometimiento” (9:29)
El verso que sigue al anterior maldice a los cristianos y judíos
refiriéndose a ellos literalmente y dice que “puede que Alá los
destruya” (al igual que en otras secciones del Corán no está claro si es Alá o
Mahoma quien habla).
Mahoma ordenó que 30.000 hombres marchasen contra tierras cristianas (que en
aquel momento eran bizantinas). Es posible que se creyese algunos falsos rumores
acerca de un ejército formado en su contra, pero no existe ninguna evidencia en
absoluto de que se hubiera reunido una fuerza tal. Sin embargo Mahoma sojuzgó a
la población local y los extorsionó a cambio de protección –algo que ha llegado
a ser conocido como la jizya (un impuesto que los no musulmanes deben pagar a
los musulmanes).
Otro episodio de este período que ofrece un mejor entendimiento del
legado de Mahoma es la conversión forzada de los Al-Hariz, una de las últimas
tribus árabes en resistir contra la hegemonía musulmana.
Mahoma concedió al jefe de la tribu tres días para aceptar el Islam antes de
enviar su ejército a destruirlos.
Sorpresa: ¡todo aquel pueblo aceptó de inmediato la Religión de la
Paz!
El Legado del Imperialismo Islámico
Mahoma murió de unas fiebres a la
edad de 63 años, cuando su violenta religión estaba ya firmemente enraizada en
tierras árabes. A través de sus enseñanzas sus seguidores contemplaron la vida
mundial como una constante batalla física entre la Casa de la Paz (Dar
al-Salaam) y la Casa de la Guerra (Dar al-Harb).
Durante los siguientes catorce siglos, el legado sangriento de este
extraordinario individuo constituiría un desafío constante a quienes
vivían en las fronteras del territorio bajo control del Islam. La
violencia de los ejércitos musulmanes visitaría a diferentes pueblos a lo largo
de Oriente Medio, el Norte de África, Europa y llegaría a
penetrar en Asia hasta el subcontinente indio, en lo que es todo un tributo a su
fundador, quien aprobaba la dominación, la violación, el asesinato y la
conversión forzosa para propagar su religión.
En palabras de Mahoma: “Se me ha ordenado combatir a los pueblos
hasta que digan: ‘Nadie tiene derecho a ser adorado sino Alá’. Y si
tal dicen, si rezan con nuestras plegarias, si se postran de acuerdo a
nuestra Qibla y matan como nosotros matamos, entonces su sangre y propiedades
serán sagradas para nosotros y no nos inmiscuiremos en sus asuntos” (Bukhari
8:387)
Ciertamente ésta es la base no sólo para las modernas campañas de terrorismo
contra los infieles occidentales (e hindúes y budistas) sino también para la
amplia indiferencia que muestran los musulmanes de todo el mundo hacia esta
violencia, lo cual es obviamente un factor facilitador de la misma.
Como afirmó recientemente Abu Bakar Bashir, un predicador indonesio: “si
Occidente quiere tener paz, entonces deben aceptar la dominación islámica”.
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